sábado, 21 de octubre de 2023

Misceláneas. Padre Ruiz.

 El 28 de noviembre de 2022 falleció el Padre Ruiz. Luis Santiago Ruiz. Nos había casado 50 años atrás en San Eduardo y siempre seguimos en contacto con el. Federico, nuestro hijo mayor, que ha tenido contacto con el mucho más que nosotros, hizo un emotivo y sentido repaso de su vida con nuestra familia, por sobre todo con el Dr. Batista y Adela, y con Federico y sus coros. Quizá sea un poco largo pero será muy lindo recuerdo para los que lo conocieron y para la familia católica, que sepan y recuerden que cura sencillo y humilde estábamos despidiendo. Que en paz descanse Padre Ruiz.

"Ayer a la tarde tuve la noticia del fallecimiento del Padre Luis Santiago Ruiz. El padre Ruiz. Rápidamente, y durante ayer y hoy innumerable cantidad de imágenes han pasado frente a mi de nuevo. Imágenes y sonidos. Imágenes y música. Pero, antes de seguir con algunas otras “notas”, decir que el Padre Ruiz fue alguien que siempre estuvo presente en la vida de mi familia. En aquéllos años primeros en San Eduardo, era el párroco. Era el “cura” que había casado a mis viejos, y que le había preguntado a mi papá “¿si creía en Dios?; y que obtuvo una respuesta que fue por la negativa, pero no se inmutó. Era el cura que visitaba a mi abuelo el Dr. Batista. Era quien muchas veces pasaba por casa, y se quedaba a almorzar… y le pedía a mi papá un “Parisienne” para darle unas pitadas. Era el cura del pueblo, el que convocaba a los pibes en el catecismo los sábados a la tarde, y se sentaba en el armonio a tocar y enseñarnos a cantar. Era el que entonaba bien, que modulaba mejor, que impostaba la voz, y que en última instancia te transmitía toda esa mística que tenían cantos como “Pescador de hombres” o quizás “Soy Peregrino”. Y los domingos en misa, decía la misa con muchas partes cantadas. Todavía conservo el librito de cantos, que para aquéllos años era todo un esfuerzo generar copias y encuadernarlas. Era un tipo amable, correcto, y que mi abuelo contaba que alguna vez lo había visto con un lindo abrigo, esos sobretodos que antes se usaban… y que después de un tiempo una persona humilde del pueblo que vivía “atrás de la vía” lo lucía cómodo en un crudo invierno. Fue el cura que bautizó a mis hermanos Nico y Juan Pablo. Fue el cura que daba misa en la capillita. Y la música, siempre la música estaba presente. Y qué música… cómo decía, pese a esa humildad que irradiaba, evidentemente -y con el tiempo más me he dado cuenta- era un tipo “leído” en las artes musicales. Nunca olvidaré que propalaba con algún equipo de aquéllos años -quizás a válvulas y con los típicos ruiditos de las púas sobre los vinilos gastados- los domingos a la mañana. Propalaba con un altoparlante que estaba en la esquina de la casa parroquial. Y qué música… siempre sonaba la Misa Correntina de Edgar Romero Maciel, cantada por Ramona Galarza, y dirigía la orquesta el maestro Carlos García. Que significativo, la calidad de la música que pasaba, para que todos escucháramos. Con los años, he cantado con muchos amigos una y otra vez esas piezas, y hasta -bondades de la búsqueda en la nube- he podido hacerme del disco de pasta. Y los años fueron pasando, y el padre se fue de San Eduardo. Vaya uno a saber “m´hijo” como decía mi abuela, que vientos surcaron esos destinos que a veces se determinan sin tener en cuenta las propias voluntades de los interesados… Pero, el padre Ruiz siguió su camino. Ya por esos años, en Lazzarino. Y no tenía más su Citroën Dyane 6 que era importado y calculo se lo habrían mandado los alemanes de Adveniat con quién tenía buena relación y consiguió los fondos para el salón parroquial y algunas cosas más en la parroquia, aunque el campanario no lo pudo terminar como quería. Muchos dolores de cabeza con ese Citroën “importado”… Pero ahora se lo veía en un Fiat Brio –pequeño vehículo popular de fines de los 80-, y seguía pasando por nuestra casa. Venía de paso, desde Venado y seguía por tierra -recordar que eran todos caminos de tierra-, a Sancti Spiritu (donde seguro lo visitaba al Padre Tudor) y seguía a Lazzarino. Pasaba y lo saludaba a mi abuelo ¿Cómo anda Doctor?... y la risa era mutua con una respuesta rápida de ambos “…acá andamos, contando ya tiempo de yapa…”. Y vaya que si el padre tuvo yapa, y la suerte de quiénes pudieron compartir toda esta “yapa” de tiempo caminando por estos lares, observándolo en su bonomía y sabiduría. Y siempre que volvía, se iba con algo, “…lleve para el camino…” le decía mi abuela, con alguna cosita que siempre había preparada en las casas para esa visita quizás no esperada, pero siempre bienvenida. El inmisericorde paso del tiempo, es paradójico, porque nos pone frente a todo ese cúmulo de experiencias que se acumulan y que cuándo afloran en la rememoración, aparecen sonrisas y satisfacciones. Así, cuándo ya estaba en Lazzarino, fuimos con toda la gente del Coro de la Parroquia de San Eduardo a cantar esa Misa Correntina, y parte de la Misa Criolla. Creo que fue cerca de fin de año, con todas las chicas que cantábamos. Y había que ir hasta Lazzarino, un grupo de 10 o 12 personas. Pero nos hicieron el aguante, el Chevrolet de Roberto Quinto, una furgoneta Citroën, y alguno más. Y cantamos. Y que lindo salió, y cuán contento estaba el padre Ruiz, que lo habíamos ido a ver. Me río cuándo recuerdo las peripecias de aquéllos viajes, y me río también de que dijo que “para la próxima comíamos un cordero” El cordero quedó por allá, pero el recuerdo aún hoy nos lleva a esa experiencia, cantando en el coro de la parroquia de Lazzarino una noche. Hubo momentos más tristes, dónde el padre Ruiz estuvo también. Mi abuelo se fue el 6 de mayo de 1991. La casa fue una romería, la gente desfilaba entrando y saliendo, y entre todos llevaron el féretro a la Iglesia. Para sorpresa, que evidentemente no debía serlo, estaba allí el Padre Ruiz, compartiendo el responso con el Padre Tudor y el padre Picciuolo que a la sazón era el párroco en San Eduardo. Quizás en los últimos años los encuentros se hayan espaciado, y fueron más esporádicos, pero no exentos del cariño y aprecio mutuo que toda la familia tuvo para con él. Volvió a almorzar con mis viejos, ya en la casa de Venado, contento, con buen apetito, con la cordialidad de siempre, aunque ya no con el cigarrito final. Tuvimos la suerte este año de poder ir a la beatificación de Juan Pablo I, Albino Luciani, un papa que finalmente es reconocido en toda su inmensa dimensión. Y le trajimos al padre Ruiz algunos recuerdos de la misa. No pude verlo, justo ese día me avisaron que se levantaría más tarde, así que hice una nota, explicándole. Después me comentó el padre Cavanagh que lo había visto todo muy contento. Que más agregar a estas confusas y dispersas rememoraciones de alguien que ha estado así, presente desde una cercanía lejana -pese a la contradicción lógica que propone el término-; que más agregar, que se fue un cura bueno, un cura de esos que hoy los llamarían “con olor a oveja”, comprometido y que le gustaba mucho la música. Por eso, volver sobre la música, esa música que seguro lo acompañará allá donde vaya, que probablemente sea un lugar mejor. Recordarlo con música, y agregar las palabras del poeta “…música que llevas en tu cuerpo todas las pasiones, que contienes en el lago de tus ojos el color de los juntos, el color del agua verde pálido que brota de los glaciares, todo el bien, todo el mal, estás más allá del bien; el que con vos hace su nido, vive fuera de los siglos, el resto de sus días será un solo día; y la muerte que todo lo muerde, romperá allí sus dientes…”. Hasta que volvamos a encontrarnos Padre Ruiz!"
Federico G. Bertram



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